El médico de los corderos

    El médico de los CORDEROS | Macaronesia Fuerteventura

    Por casualidades de la vida nos enteramos de la existencia, en Fuerteventura, de un personaje que todavía residía en la memoria de los mayores. Fue conocido como El Médico de los Corderos, aunque su nombre real era Agustín Afonso Ferrer. Procedente del sur de Tenerife había recalado en Fuerteventura en fecha incierta, probablemente en torno a 1900. El Cordero —nombre popular con el que fue conocido— nació en 1860 y falleció en 1946. Desde las primeras entrevistas que realizamos a algunos descendientes, el personaje se descubrió como una persona singular que, de creer lo que de él contaban sus familiares, tendría que haber dejado huella en la sociedad majorera. Faltaba confirmarlo.

    Un texto de JESÚS GIRÁLDEZ MACÍA (Historiador)

    La realidad, en este caso, superó las expectativas. A medida que entrevistábamos a las personas que lo conocieron (todas entre 75 y 103 años) nos fuimos dando cuenta de la importancia de su figura en la Fuerteventura de la primera mitad del siglo XX. ¿Cómo si no era posible que aquellas personas recordaran con tanta exactitud las conversaciones, los remedios, las anécdotas y hasta el peculiar léxico de un hombre al que conocieron siendo niños y niñas? De sus testimonios se pueden concluir los siguientes aspectos del personaje:
    Se desconocen las razones que le trajeron a Fuerteventura y fue celoso hasta el hermetismo sobre su vida anterior en Tenerife. Sabemos, no obstante, que allí se había casado y que, con toda probabilidad, adquirió conocimientos sobre medicina. Su sobrenombre, según algunos informantes, se debía a que llegó a Fuerteventura en un barco con corderos y que su primera actividad en la Isla fue la de la venta de esos animales. Tras instalarse en el interior de la Isla pronto adquirió fama como asistente médico. Por tal motivo la Villa de Betancuria tuvo a bien donarle un terreno del mancomún en el barranco de El Jurado, colindante con el de Ajuy. Un lugar apartado donde construyó su casa, un horno de cal y donde arregló algunas gavias que se nutrían del agua del barranco y de algunos nacientes próximos. El Cordero bautizó a aquel lugar como El Escorial.

    Ubicado permanentemente en aquel lugar, Don Agustín ejerció la medicina popular por toda la Isla. Allí iban a buscarlo en camello o en burro desde cualquier lugar por apartado que fuese. Cuando se trasladaba a algún pueblo la voz corría y desde los otros pueblos cercanos iban a buscarlo para que atendiese a los enfermos de esos lugares. Solía quedarse en las casas de sus pacientes hasta que estos mejorasen. Dotado de un especial criterio, reconocía a aquellas personas para los que su medicina era ineficaz y aconsejaba su traslado a Las Palmas o, en el peor de los casos, advertía del fatal desenlace.

    Su práctica médica se basaba en los remedios naturales, desde el uso de plantas o estiércol hasta la realización de sangrías. Otras veces, durante los primeros años de su actividad, hacía recetas para que, en las precarias boticas existentes, les realizaran preparados farmacéuticos. Todo parece indicar que con la llegada de algún médico «oficial» su actividad pasó a ser más clandestina pues aquél lo habría denunciado. Fue admirado por la gente sencilla que veían en él a su proverbial salvador. El pago a sus servicios se realizaba, la mayoría de las veces, en alimentos. Convivió con una señora de Tesejerague con la que tuvo una hija a la que envió temporalmente a Tenerife. Probablemente por esta «inapropiada» situación, contraria a los preceptos católicos, fue enterrado extra muros en la Villa de Betancuria cuando falleció a los 85 años de edad.

    Para entender mejor la impronta que dejó veamos un resumen de algunos testimonios que, aparte de describir al personaje, dibujan un tiempo de abandono y de penurias:

    «Nosotros no lo conocimos nunca sino como El Cordero, el Médico de los Corderos. El único médico que teníamos aquí era él, yo no conocí otro. Yo no sé si es porque era curandero, si era apellido, si era mal nombrete; Don Agustín El Cordero, pues don Agustín El Cordero. No cobraba, lo que hacía era que la gente le daba la voluntad de las personas. Me curó de una pulmonía, las desangraba. Él decía, desde que sentías una puntadita: «Esto es sospechoso.» Cogía las ventosas, cogía un tronquito de vela, un vaso, la cogía y te la ponía en el costado, donde tú te veías más o menos donde te sentías, te ponía la ventosa. Te untaba con un pisquito de alcohol, te secaba bien, te ponía una perra debajo —antes era una perra negra redonda que había— la ponía debajo de la vela y después ponía el vaso. Y si era pulmonía quedaba aquello negro y enseguida cogía la hojilla y la desangraba. Después te mandaba el agua de yerba clin, a beber el agua de yerba clin. Los médicos como ese son los que hacen falta no como los de ahora. Los pobres lo llamaban y él iba con los pobres.»

    «Cuando venía a Corralejo se quedaba en la mejor cama que tenían los vecinos que se la dejaban para que él durmiera. Mi padre decía que iban a buscarlo de pueblo en pueblo. Tenía muy buena fama. Era curandero pero natural. Curaba mucho con hierbas naturales y con leche de cabra y esas cosas.»

    «A mi me curó del corazón. Vivía en El Escorial, pa’ allá pa’ Ahui. Don Agustín, el Médico de los Corderos. Iban buscarlo donde quiera que fuera, de todos lados, por la noche, por el día. Tenía una burra blanca, grande como una yegua, pero no me acuerdo como se llamaba. Decía: «Demonio, si el Cordero no te cura vas listo.» Era un hombre fuerte ¡fuerte! Bebía mucho también. Él era de Tenerife y se vino pa’ ca. No se sabe por qué, yo creo que eso no lo sabe nadie. Aquí tampoco lo querían los médicos, ¡la gente sí! ¡Oh, …sin don Agustín no había nada! Don Agustín le mandaba a usted una taza de té y una taza de té lo curaba. Creo que la amabilidad de él era bonita. Era un señor muy educado. A él no le despachaban nada de farmacia, era todo de hierbas. Eso es verdadero. La malva, la urraja, la hierbaluisa, la conservilla, el pasote, la ruda. El mejor médico que ha habido aquí ha sido ese. Si estuviese hoy muchas personas se curasen. Todavía en mi casa se dice: «Para médico, médico…¡el Médico de Los Corderos!».