De paseo por la Maxorata con Unamuno

    Unamuno | Macaronesia Fuerteventura

    Texto de Eloy Vera

    El escritor Miguel de Unamuno llegó como desterrado a Fuerteventura en marzo de 1924. El motivo: haber remitido insultos a la dictadura de Primo de Rivera. El tiempo que permaneció confinado en la isla lo dedicó a leer, escribir algunos de los sonetos que más tarde se publicarían bajo el título de Fuerteventura a París y recorrer a pie, a lomos de un camello o en coche, distintos puntos de la geografía insular.

    Se sorprendió de sus topónimos, la flora y fauna local y la forma de vida del majorero. Sus impresiones las anotó en cuadernos que más tarde publicó en artículos y obras literarias. Noventa y tres años después de su visita, volvemos a recorrer, con su obra bajo el brazo, los lugares y paisajes que cautivaron al bilbaino.

    La primera de las paradas es la Casa Museo Miguel de Unamuno, en Puerto del Rosario. Una vivienda del siglo XIX, convertida en fonda en aquellos tiempos bajo el cartel de «Hotel Fuerteventura», sirvió para acoger al escritor y su compañero de destierro, Rodrigo Soriano, durante los cuatro meses que permanecieron en la isla. La vivienda recoge parte del mobiliario que usó el autor de Niebla además de fotografías, fragmentos literarios donde habla de Fuerteventura y algunas de las cartas que intercambió, más tarde, con su amigo majorero Ramón Castañeyra.

    A pocos metros del museo se encuentra la iglesia del Rosario, testigo de la amistad que Unamuno tuvo con el párroco Víctor San Martín, un cura riojano que en 1924 oficiaba las misas de la iglesia de Nuestra Señora del Rosario y con el que mantuvo paseos y conversaciones sobre las dudas existenciales que, en esos momentos, atormentaban al autor de San Manuel bueno mártir.

    Otros puntos de la antigua Puerto de Cabras también fueron testigo del paso del escritor, como el peñasco situado cerca de donde hoy se encuentra el Palacio de Formación y Congresos «aquel peñasco al que solía ir a soñar», la molina de Los Oramas, que menciona en el artículo «El gofio» publicado en la revista argentina Caras y Caretas en junio de 1924, la antigua Casa de Los Miller en el barrio de Los Pozos o Playa Blanca a la que dedica un soneto cuyos verso dicen:

    «olas gigantes de la mar bravía
    que canta el sueño férreo de Vizcaya,
    cunada en el sosiego de esta playa,
    los sueña con morriña el alma mía».

    Junto a Ramón Castañeyra y otros compañeros de la tertulia que cada tarde se organizaba en casa de los Castañeyra visitó Casillas del Ángel, Tetir, Antigua, La Oliva, Tiscamanita, Vega de Río Palmas y Toto, sorprendiéndose de aquellos topónimos heredados de la cultura aborigen.

    La ruta de Unamuno por la isla hace parada en Betancuria. Allí contempla las ruinas del convento franciscano y anota ideas para más tarde escribir otro de los sonetos de su diario de destierro, el que dedica a Betancuria: «Enjalbegada tumba es Betancuria,/ donde la vida como acaba empieza,/ tránsito lento a que el mortal se aveza,/ lejos del tiempo y su cruel injuria».

    Pájara es otro de los puntos de esta parada literaria. Allí Unamuno se sorprende de la belleza de la portada de su iglesia «hay una pequeña iglesia y esa iglesuca de Pájara tiene una portada en que un cantero que parece haber recibido inspiraciones de los aborígenes de las Indias Occidentales, ha trazado unas grecas y unas figuras simbólicas que por su estilo recuerdan los ornamentos incaicos o los aztecas». Hasta Ajui también se acerca para contemplar sus palmeras de las que escribe en uno de sus sonetos: «es una antorcha al aire esta palmera».

    Su paseo por la isla también le llevará a acercarse hasta las montañas más singulares de la isla, la de Cardón de la que escribe en el artículo «Los reinos de Fuerteventura»: «¡Y pasar al pie de la montaña Cardones! —Ayer la bordamos, sólo que en auto—, donde estaba la sepultura del gigante Mahán, que medía 22 pies de largo!» o al norte la Montaña Quemada, en Tindaya, donde llega a manifestar que le gustaría ser enterrado. Un busto en la montaña, obra del escultor Juan Borges, recuerda la estancia del escritor.

    El 9 julio Miguel de Unamuno echa a andar rumbo a Caleta de Fuste. Allí le espera Zeelandia, el barco que pondrá fin a su destierro en Fuerteventura. La huella de Unamuno en la isla persistirá en el tiempo. Una buena manera de recordarlo es leyendo su obra y visitando aquellos lugares que conquistaron al bilbaino.