Tibiabín y Tamonante: la rendición de Erbania

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    Remontémonos a los tiempos de Guize y Ayoze, aquellos reyes de las dos tribus que dividían la Isla en dos territorios; tiempos duros para los habitantes de Erbania, ya que escaseaban los pastos y los cultivos, y los enfrentamientos entre las dos tribus —a pesar de tener una ascendencia común— eran muy habituales.

    Además, en aquellos años anteriores a la conquista del archipiélago canario por parte de los europeos, no sólo había escasez y enfrentamiento interno, sino que los ataques piratas, llegados del mar en busca de esclavos, reducían aún más la población de esta isla de la Macaronesia.

    En este contexto destacan las figuras de Tibiabín y Tamonante, madre e hija, las dos pitonisas, las dos adivinadoras —cuyas profecías siempre se habían visto confirmadas— que tenían la responsabilidad de comunicar al pueblo sus videncias y su futuro incierto, aconsejarle —para paliar la lucha y los enfrentamientos— y guiarle en la justicia.

    Cuenta la leyenda que sacrificaron un baifo y, en su sangre derramada sobre la piedra volcánica —ayudándose con unas semillas— Tibiabín leyó un futuro esperanzador: del mar llegarían unos que traerían prosperidad y enseñanzas para su tierra y sus gentes. A estos habrían de tratarlos con respeto y obediencia —decía Tamonante— permitiéndoles la entrada en el territorio y escuchando sus enseñanzas. Cuando los europeos llegaron por mar —en los primeros años de la conquista— los reyes, no queriendo ceder sus territorios .
    sin lucha, presentaron algo de oposición, pero al ver la superioridad del enemigo y la facilidad con la que acababan con ellos, temieron que fuera el «castigo de los demonios o del cielo» por no haber obedecido las predicciones de Tibiabín ni los consejos de su hija. Así, se rindieron en 1405.

    Los escritos que heredamos de la conquista dan fe del importante valor político y social de ambas mujeres y les otorgan un papel protagonista en la rendición de Erbania: poco sangrienta, muy diferente a la que aconteció años más tarde en otras islas del archipiélago, donde los conquistadores encontraron mayor oposición.

    Poco se sabe de estas dos mujeres que tan importantes eran en aquella sociedad. Mirando a tribus del norte de África podemos ver que en muchas sociedades existían estas figuras exotéricas, que ayudaban al buen hacer político; y leyendo a quienes escucharon de primera voz los relatos de la conquista, sabemos que Tibiabín era considerada una «mujer fatídica y de mucho saber; quien, por revelación de los demonios o por juicio natural, profetizaba varias cosas que después resultaban verdaderas, por lo cual era considerada por todos como una diosa y venerada; y […] go-bernaba las cosas de las ceremonias y los ritos, como sacerdotisa».

    Tamonante «regía las cosas de la justicia y decidía las controversias y las disensiones que ocurrían entre los duques y los principales de la isla, y en todas las cosas era superior en su gobierno» [Torriani (1590) 1978: 75].

    Estudiando la propia etimología de los nombres de estas mujeres se ven reflejadas estas funciones sociales. Tamonante (Tamonnant), «mujer que tiene la experiencia de la lectura» o, «la que deletrea» (Reyes 2006: 60). La complejidad de la escritura de los amazighes (como se conoce a los antiguos pobladores del norte de África, también llamados bereberes) convierte su lectura en un ejercicio difícil que exige de adiestramiento, con lo que la comprensión de la misma requería de ciertas connotaciones exotéricas. Tibiabín se puede traducir como «quien murmura o reza para sus adentros» o, en sentido literal, «(mujer) muda que susurra»; esta traducción la relaciona con las ceremonias y rituales, atendiendo a lo que los escritos referían.

    Así, fijándonos en la leyenda y en los escritos de la conquista, vemos la importancia del papel desempeñado por estas mujeres en la rendición de Erbania, y el respeto del que gozaban entre su gente, que las tenían por «cosa venida del cielo». [Abreu (1590 > d. 1676) 1977: 68].

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